Radium Girls
La pintura que brillaba en la oscuridad y les pudrió los huesos
Pintaban esferas que brillaban en la oscuridad, afinaban el pincel con los labios y, al enfermar, nadie las creyó.
Publicado el 24 de octubre de 2026 · 22 min en vídeo y podcast · Por David García, cirujano vascular
Una chica que todavía no ha cumplido los 18 moja un pincel finísimo en un tarro de pintura, se lo lleva a los labios para que la punta quede afilada como una aguja, y pinta un número en la esfera de un reloj que no es más grande que una moneda. Luego el siguiente, y el siguiente, porque cobra por pieza y cuanto más deprisa va, más gana. La pintura brilla en la oscuridad. Para eso la quieren.
Unos años después empieza a perder los dientes. Su dentista no ha visto nunca nada igual, a algunas compañeras suyas ya las han enterrado con certificados que hablan de fósforo o de sífilis, y el experto que paga la empresa dirá que pintar esferas no tiene ningún riesgo. Nadie la cree. Tendrán que pasar años hasta que alguien le acerque un aparato a la boca y compruebe lo que hay en su aliento.
Esta es la historia de las Radium Girls, y te la voy a contar entera, desde la mesa donde pintaban hasta el laboratorio del gobierno que todavía las estudiaba en los años 90. Empieza con chicas que brillaban y termina en un sitio bastante más incómodo, el de unos cuerpos que se convirtieron en la prueba que nadie había querido escuchar mientras hablaban.
Un apunte sobre las fuentes. Lo que sigue está sacado de los papeles de la propia empresa, que hoy guarda el Archivo Nacional de Estados Unidos, de los artículos de los médicos que las examinaron y del informe final del laboratorio que las estudió durante décadas. Hay detalles que solo conserva la memoria de las familias, o un libro que las rescató hace unos años, y cuando sea así te lo diré.
El inventor y la fiebre del radio
Empiezo por el hombre que inventó la pintura, porque su final es de lo más extraño de toda esta historia, aunque llega mucho más tarde. Se llamaba Sabin von Sochocky, era un médico y químico europeo instalado en Estados Unidos, y hacia 1913 dio con una fórmula que mezclaba una pizca de radio con un polvo fosforescente. El radio excitaba el polvo, y el polvo brillaba solo, toda la noche, sin necesidad de luz. Años después, ese mismo hombre se prestaría a ayudar a un médico a examinar el aliento de sus antiguas obreras, y lo que encontró en el suyo propio anunciaba cómo iba a morir.
En aquellos años el radio no daba miedo a casi nadie. Los Curie lo habían descubierto en 1898, y en apenas 15 años había pasado del laboratorio a los catálogos, donde se vendían preparados de radio para tomar y para untar, con una revista de la propia industria que presumía del visto bueno de la asociación médica más importante del país. Hacia 1915 Von Sochocky fundó su empresa, y en 1917 la llevó a una fábrica más grande en Orange, Nueva Jersey. Ese mismo año Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial, y el ejército necesitaba relojes e instrumentos que un soldado pudiera leer a oscuras. La empresa, que poco después pasó a llamarse U.S. Radium, tenía justo eso.


Undark y las pintoras
La pintura se llamaba Undark, algo así como antioscuro, y no solo se vendía a los relojeros. Por tres dólares podías comprar un estuche con un frasquito, un pincel de pelo de camello y una varilla de vidrio para mezclar, y pintar en casa lo que quisieras que brillara. El mismo producto que acabaría en los tribunales se anunciaba como un entretenimiento para el fin de semana.

Para pintar a mano miles de esferas hacía falta mucha gente, y la empresa contrató sobre todo a chicas jóvenes de familias obreras, bastantes todavía adolescentes. En los seis años de más actividad pasaron por la fábrica de Orange más de 800 mujeres, y en el momento de más trabajo llegó a haber unas 300 a la vez, sentadas en largas mesas, cada una con su tarro, su pincel y su montón de esferas.
El trabajo era de precisión. Los números de un reloj de pulsera son diminutos, y un pincel de pelo de camello, en cuanto se moja, se abre y pierde la punta. La forma más rápida de recuperarla era pasar las cerdas entre los labios y volver a mojar. En 1925, un estadístico de una compañía de seguros echó la cuenta, y le salió que una pintora que hiciera unas 250 esferas al día, llevándose el pincel a la boca unas 14 veces por esfera, podía tragarse casi dos gramos de pintura en una sola jornada.

Como se cobraba por pieza, la cuenta escondía una trampa que nadie había diseñado y que funcionaba igual. La chica más rápida, la que más ganaba, era también la que más veces afilaba el pincel y la que más radio se tragaba. La fábrica premiaba, sin saberlo, a las que se estaban envenenando más deprisa.
Se contaba en Orange que algunas volvían a casa con el pelo y la ropa salpicados de puntitos que brillaban, y que había quien se pintaba las uñas o los dientes para salir de noche. No aparece en ningún documento de la época, y un historiador de la medicina lo llamó, sin rodeos, folclore local. Lo que sí consta por escrito es que en 1923 un inspector federal avisó de que la sala de las pintoras estaba en el mismo edificio que el laboratorio donde se refinaba el material radiactivo, y de que allí dentro la radiación tenía que ser intensa, sin que su aviso cambiara nada en la fábrica.

Las primeras muertas
La primera pintora de la que se sabe que murió se llamaba Amelia Maggia, Mollie para su familia, y murió en septiembre de 1922. En ella y en las que vinieron detrás, la enfermedad solía entrar por la boca. Una muela que duele y se saca, una herida que no cierra, una infección que se mete en el hueso por el hueco, y una mandíbula que, poco a poco, empieza a deshacerse.
En los dos años siguientes murieron varias compañeras más, y cada una, según su certificado de defunción, de una cosa diferente. Entre las siete pintoras muertas hasta 1924 hay una inflamación de la boca, una infección de las encías, una anemia, una sepsis, una necrosis de mandíbula por fósforo y, en alguno de esos papeles, sífilis.
Es fácil, desde aquí, acusar a aquellos médicos de no ver lo evidente, y sería injusto. Uno de 1922 veía a una chica con la mandíbula podrida y pensaba en lo que conocía, el fósforo de las fábricas de cerillas, que daba un cuadro muy parecido, mientras que el radio no figuraba en ningún libro como veneno, sino en los catálogos como remedio. Lo de la sífilis era otra cosa. A una chica soltera de clase obrera ese diagnóstico la manchaba a ella y a su familia, y apartaba la mirada justo del sitio al que había que mirar.
Había además una razón de oficina. La ley de Nueva Jersey solo indemnizaba una lista cerrada de enfermedades profesionales, y el fósforo estaba en ella, así que los casos se etiquetaban como fósforo esperando una compensación. Cuando los inspectores fueron a buscar fósforo a la fábrica, no encontraron ni rastro.
El informe de Harvard que se escondió
La empresa, para entonces, ya estaba preocupada, y en abril de 1924 hizo algo que, visto desde fuera, parecía lo correcto. Contrató a un equipo de fisiólogos de la Universidad de Harvard, encabezado por Cecil Drinker, para que estudiara la fábrica. La dirección sospechaba del polvo de zinc de la pintura. Los de Harvard pasaron tres días en Orange, examinaron a las trabajadoras, y en junio entregaron su informe, que señalaba como culpable más probable al radio.
La empresa pidió que no se publicara todavía. Al Departamento de Trabajo del estado, que estaba investigando, le llegó otra cosa. Lo sabemos por una carta de 1925 de Alice Hamilton, la gran pionera de la medicina del trabajo en Estados Unidos, a la mujer de Drinker, también autora del estudio, en la que le contaba que en el departamento tenían una copia de su informe según la cual todas las chicas estaban en perfecto estado.
Ese mismo septiembre, en Nueva York, un cirujano oral, Theodor Blum, publicó el caso de una pintora con una infección de mandíbula que no se parecía a nada que hubiera tratado, y en una nota a pie de página, casi de pasada, la llamó mandíbula de radio. El nombre ya existía. Ahora hacía falta que alguien lo demostrara.
Los Drinker acabaron publicando su estudio en 1925, presionados por Hamilton y por una liga de consumidoras de Nueva Jersey que llevaba meses insistiendo. Esa liga reclutó al estadístico de seguros de antes, Frederick Hoffman, que reunió los casos de cinco muertas y 12 enfermas y los presentó ante la asociación médica del país con un nombre nuevo, necrosis por radio. Años después, la empresa todavía escribía de él, con desdén, que no era médico y no sabía nada de radio. Lo primero era cierto. La empresa tenía, además, su propio experto, Flinn, un profesor de higiene industrial de Columbia con un doctorado en fisiología, que en 1926 concluyó que pintar esferas no tenía ningún riesgo y que lo de aquellas chicas era una infección de la boca complicada, a veces, con sífilis. Rectificaría un par de años más tarde, cuando ya había otro hombre en Nueva Jersey que no se conformaba con opiniones.


Martland mide el radio en el cuerpo
Se llamaba Harrison Martland y era el médico forense jefe del condado. En junio de 1925 hizo la autopsia a una pintora muerta de anemia, la primera de muchas, y partió de una idea muy sencilla. Si estas mujeres llevan radio dentro, el radio tiene que notarse desde fuera. Puso fragmentos de hueso sobre película de radiografía dental, a oscuras, y la película se veló sola. Luego se atrevió con algo más inquietante, que fue buscarlo en mujeres vivas.
Para entender cómo, hay que saber lo que el radio hace en el cuerpo. Para el organismo, el radio y el calcio son casi lo mismo, y no sabe distinguirlos. Cuando una chica se tragaba la pintura, una parte del radio pasaba a la sangre, y la sangre lo llevaba a donde lleva el calcio, a los huesos, que lo incorporaban como si fuera material de construcción. Una vez allí se quedaba durante décadas, disparando partículas de muy corto alcance contra lo que tenía más cerca, el propio hueso y la médula que fabrica la sangre. De ahí las mandíbulas podridas y la anemia, y de ahí, años más tarde, los tumores de hueso.
El radio, además, al desintegrarse suelta un gas, el radón, que acaba saliendo por los pulmones. Una mujer con radio en los huesos exhala radiactividad cada vez que respira, y eso un aparato lo puede detectar. Martland y sus colaboradores pasaban el aliento de las pintoras por un electroscopio, un instrumento con una laminilla de oro finísima que se mueve cuando hay radiación cerca. Una física que había trabajado en la propia empresa, Elizabeth Hughes, hizo esa prueba para las demandantes, y anotó que la laminilla se movía al menos el doble de rápido de lo normal.
El aliento del inventor
El inventor, Von Sochocky, había dejado la empresa unos años antes, y ayudó a Martland con esas pruebas de aliento. En algún momento se hizo también la suya. Su aliento era más radiactivo que el de las chicas. Llevaba años con los dedos dañados por el radio de su laboratorio, y en noviembre de 1928 murió de anemia aplásica, la misma enfermedad que se estaba llevando a sus pintoras.
Ese final complica una versión muy repetida, la de unos químicos escondidos tras pantallas de plomo mientras las chicas tragaban veneno. No hay documento que la sostenga, y de los 18 muertos de la fábrica que Martland tenía contados en 1931, cuatro eran químicos. Lo que la empresa sí hizo fue tener desde 1924 un informe que señalaba al radio y pasarse años diciendo en público que no pasaba nada, cosa que en cierto modo es peor, porque eso ya no fue un descuido.
Una ley hecha para no cumplirse
Con las pruebas de Martland, por fin había algo que llevar a un tribunal, solo que la ley parecía escrita para impedirlo. Para demandar a una empresa había un plazo de dos años desde el daño, y el radio tardaba años, a veces más de una década, en dar la cara. Cuando una mujer se enteraba de lo que tenía, el plazo había caducado hacía tiempo.
En 1926 pareció que llegaba la solución, porque Nueva Jersey añadió la intoxicación por radio a la lista de enfermedades indemnizables. Pero la ley exigía que la incapacidad empezara en los cinco meses siguientes a dejar el trabajo, y con una enfermedad que tarda años en aparecer, casi ninguna pintora podía cumplir ese plazo. Algunas familias ya habían pactado por poco y a cambio de renunciar a cualquier reclamación. El viudo de una pintora firmó una renuncia por mil dólares, y ese papel, con su firma, sigue en el Archivo Nacional.
Las cinco mujeres de Orange
En mayo de 1927 un abogado de Newark, Raymond Berry, presentó una demanda por 1.250.000 dólares en nombre de cinco mujeres. Eran Grace Fryer, Katherine Schaub, Edna Hussman, y dos hermanas de Mollie, Quinta y Albina. Para probar de qué había muerto Mollie, en octubre de ese año exhumaron su cuerpo.
Llevaba cinco años enterrada. En sus restos se encontraron casi 50 microgramos de radio, una cantidad que no se ve a simple vista y que, aun así, era cientos de veces lo que más tarde se fijaría como el máximo que puede llevar una persona dentro. Hay quien cuenta que, al abrir el ataúd, sus huesos brillaban en la oscuridad. Es una imagen poderosa, y ninguna fuente de la época la recoge, porque el brillo de la pintura lo daba el polvo fosforescente, y unos huesos con unos microgramos de radio no se ven a oscuras.
Lo que de verdad pasó con aquellos huesos lo cuenta una carta. En 1930, ya muerta Quinta, un químico colocó una de sus vértebras y un trozo del hueso del brazo encima de una película fotográfica, a oscuras, y los dejó allí 52 días. Cuando reveló la película, apareció la silueta de los huesos. Nadie les había hecho una radiografía. Se habían retratado solos, con la radiación que llevaban dentro.
La prensa llamaba al caso el de las cinco mujeres condenadas a morir. Declararon entre enero y abril de 1928, y cada aplazamiento que conseguía la empresa jugaba a su favor, porque si algo no tenían las demandantes era tiempo. En junio, con la mediación de un juez federal que se ofreció a título particular, la empresa aceptó pactar. Cada una recibiría 10.000 dólares, 600 al año mientras viviera y los gastos médicos. El contrato, que también se conserva, incluye una cláusula según la cual un comité de tres médicos revisaría su estado, y si decidía que ya no tenían incapacidad por radio, la pensión se acababa.
Ese mismo mes, el presidente de la compañía resumió el asunto en una carta. Habían pactado, escribió, pero tenían una defensa perfecta, por el plazo de prescripción y porque no había habido negligencia por su parte. Años después se publicó que aquel juez mediador tenía acciones de la empresa. Es un dato que solo aparece en relatos posteriores, sin ningún documento que lo respalde, así que lo dejo con asterisco.
Según los registros de sus tumbas y la prensa de la época, Quinta murió al año siguiente, Katherine y Grace en 1933, Edna en 1939 y Albina en 1946. Corre la idea de que ninguna vivió para cobrar más de un par de pagos, y las fechas dicen otra cosa. Lo que sí consta es que la inmensa mayoría de las pintoras de Orange no recibió nada.
Ottawa y Catherine Donohue
En Nueva Jersey todo había acabado en un pacto, sin que la empresa admitiera culpa. El primer fallo firme contra una empresa del radio llegó de otra fábrica, en un pueblo de Illinois llamado Ottawa. Allí la Radium Dial, una compañía que había empezado pintando esferas en Chicago, se instaló hacia 1922 en el edificio de un antiguo instituto. Pintaban igual, con el pincel en la boca. Según recordaban algunas de ellas mucho después, se lo enseñaban con una cantinela de tres palabras en inglés que en español sería labio, mojar, pintar.
En 1925, cuando ya se hablaba de las muertes del este, un directivo le dijo a un inspector federal que era prácticamente imposible impedir que las trabajadoras afilaran el pincel con la boca. Ellas contaron después que la empresa les hacía revisiones médicas sin darles nunca los resultados, y que publicó en el periódico local un anuncio asegurando que estaban todas sanas. Ese anuncio no se ha encontrado.
Una de aquellas pintoras se llamaba Catherine Donohue, y en 1931 la despidieron. Ella misma lo contó así: me echaron porque mi cojera daba que hablar. Donohue y varias antiguas compañeras, todas enfermas, encontraron a un abogado, Leonard Grossman, que aceptó llevarles el caso sin cobrar, y en 1937 reclamaron ante la comisión del estado que decidía las indemnizaciones laborales. Los periódicos las bautizaron como la Sociedad de las Muertas Vivientes.
En febrero de 1938, en plena vista, oyó a un médico decir que lo suyo no tenía cura, y se desplomó. Unas semanas después ya no podía salir de casa, así que la comisión fue a verla allí. Declaró tumbada en un sofá de su propia habitación, con los abogados de las dos partes a unos pasos, oyendo cómo se discutía lo que el radio le estaba haciendo a su cuerpo.
La comisión le dio la razón esa primavera. La empresa recurrió, y siguió recurriendo después de que ella muriera, el 27 de julio de 1938. En junio del año siguiente el Tribunal Supremo de Illinois rechazó el recurso, y en octubre el Tribunal Supremo de Estados Unidos se negó a admitirlo. Era la primera vez que una empresa quedaba condenada en firme por lo que el radio les había hecho a sus pintoras, y para entonces Donohue llevaba más de un año enterrada.
El límite de 1941 y el plutonio
Con eso se suele dar por terminada esta historia. Sin embargo, la consecuencia más grande no salió de ningún tribunal, sino de un laboratorio, donde a partir de los años 30 hubo alguien que ya no se preguntaba si estas mujeres tenían radio dentro, sino cuánto exactamente.
Era un físico del Instituto Tecnológico de Massachusetts, Robley Evans, que inventó la manera de calcular el radio que llevaba una persona a partir del radón de su aliento y de la radiación que emitía su cuerpo. Fue examinando a antiguas pintoras y a otras personas expuestas, una a una, y para 1940 tenía cifras fiables de 27. Las que llevaban muy poco radio estaban bien. Las que llevaban más, todas, estaban enfermas.
En 1941, un comité del gobierno en el que estaban Evans, Martland y, curiosamente, el mismo Flinn que años antes había negado el riesgo, usó esos 27 casos para fijar el primer límite de la historia a la radiactividad dentro del cuerpo humano. Una décima de microcurio de radio, una cantidad diminuta, elegida con mucho margen. Evans explicó cómo habían llegado a la cifra. Querían un nivel con el que se sintieran perfectamente tranquilos si la persona expuesta fuera su propia mujer o su propia hija.

Ese límite llegó justo a tiempo. En 1945, en pleno Proyecto Manhattan, había que decidir cuánto plutonio podía acumular un trabajador de la bomba atómica sin enfermar, y apenas había datos en personas, así que partieron del radio. La revista del propio laboratorio de Los Álamos lo dejó escrito mucho después. El límite del plutonio se eligió, dice, para proteger a sus trabajadores de los desastres que habían sufrido las pintoras de esferas.
Argonne: medidas, no tratadas
Los estudios no se acabaron ahí. En 1969 el gobierno abrió en el laboratorio nacional de Argonne, cerca de Chicago, un centro dedicado a seguir a todas las personas que habían estado expuestas al radio, y durante más de 20 años fue localizando a antiguas pintoras y citándolas para examinarlas. Llegaron a reunir a unas 2400 personas. Para las que ya habían muerto, se exhumaron más de un centenar de cuerpos.
En el informe final del programa consta una recomendación de su comité asesor, que pedía un programa riguroso de exhumaciones y añadía que no se ofrecería tratamiento. Una historiadora de la ciencia concluyó que, durante más de 50 años, aquellas mujeres fueron sujetos de experimentación sin un consentimiento como el que hoy exigiríamos, bajo la etiqueta de mediciones rutinarias. El centro cerró en 1993.
Los papeles de la empresa de Orange, los que hoy permiten contar todo esto, aparecieron durante la limpieza de una de sus antiguas plantas, y estaban contaminados; hubo que escanearlos y destruir los originales. En Ottawa, otra compañía fundada por un antiguo jefe de la Radium Dial siguió pintando esferas con radio, a pocas calles, hasta 1978, y en 2023 el gobierno federal todavía estaba pagando la limpieza del último vertedero.
Lo que les debo
Varias veces al mes opero con rayos X. Antes de entrar me pongo un delantal de plomo que pesa como una mochila llena, un collarín que me tapa el tiroides y unas gafas plomadas, y me prendo en el pecho un dosímetro, una plaquita que registra la radiación que me llega y que alguien revisa cada cierto tiempo para comprobar que no paso del límite.
Me gustaría poder decir que ese dosímetro viene de las Radium Girls, y no sería verdad. Se generalizó con la bomba atómica, y los límites que me aplican salen de los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki y de muchos estudios posteriores. Lo que les debo es más antiguo, la idea de que a quien trabaja con radiación se le pone un límite, que otro vigila por él, y que no lo decide la empresa. La primera vez que esa idea tuvo una cifra, la cifra se calculó con ellas.
Pienso también en ellas cuando me siento con un paciente antes de operarle, le explico lo que voy a hacer y lo que puede salir mal, y espero a que me diga que sí. Aquellas mujeres de Argonne iban a sus citas, año tras año, a un programa que tenía escrito desde el principio que no las iba a tratar.
El radio 223 y lo que se recuerda
El radio, por cierto, no ha salido de los hospitales. Hoy existe un medicamento que es radio, el radio 223, que se inyecta a algunos hombres con cáncer de próstata extendido a los huesos. Funciona por lo mismo que mató a las pintoras, porque el cuerpo lo confunde con calcio y lo lleva al hueso, justo donde crece el tumor. En el ensayo que llevó a su aprobación, en 2013, alargó la vida del paciente típico unos tres meses y medio. En 2018 la agencia europea del medicamento restringió su uso, porque en otro ensayo los pacientes tratados se rompían muchos más huesos, y eso hoy se les explica antes de empezar.
De las Radium Girls se recuerda sobre todo la luz verdosa, las chicas fosforescentes. Lo que su historia enseña es menos vistoso y más útil, que cuando alguien dice que su trabajo le está enfermando, lo primero que se le debe es ir a comprobarlo, antes de mandarlo a casa con un diagnóstico que le conviene a otro.
Pintaban números para que otros pudieran leer la hora en la oscuridad. Al final, el número fueron ellas, una décima de microcurio, la cifra con la que se empezó a medir cuánto radio puede llevar dentro una persona. A casi ninguna se le preguntó si quería serlo.
Si esta historia te ha dejado pensando en lo que tardamos los médicos en creer lo que teníamos delante, la primera de Medicina Oscura va de eso mismo: Ignaz Semmelweis, el médico que pidió a sus colegas que se lavaran las manos.
Fuentes
Informes, archivo e historia
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