Las mujeres preferían parir en la calle
Semmelweis y el lavado de manos
En la Viena de 1847, una clínica perdía hasta tres veces más madres que la de al lado, y las mujeres lo sabían.
Publicado el 20 de octubre de 2026 · 12 min en vídeo y podcast · Por David García, cirujano vascular
Las mujeres del portal
En la Viena de 1847 había mujeres que, al notar las primeras contracciones, no corrían al hospital. Echaban a andar despacio, daban vueltas por las calles, se sentaban en un portal a esperar, y algunas parían allí mismo, en la acera. No tenían miedo al parto. Tenían miedo a una puerta concreta del hospital, y tenían razón.
El médico que entendió por qué acabó sus días en un manicomio. Casi todo lo que vas a leer lo dejó escrito él mismo, en sus tablas de muertes, mes a mes.
Dos clínicas, una puerta
El Hospital General de Viena tenía entonces la maternidad más grande de Europa, y la tenía partida en dos. En una clínica atendían los partos los estudiantes de medicina; en la otra, las matronas. Los ingresos se turnaban por días, de cuatro de la tarde a cuatro de la tarde, de modo que la puerta por la que entrabas no dependía de ti, sino del día en que se te ponía en marcha el parto, y cuatro días de cada siete le tocaban a la de los estudiantes.
Las mujeres de Viena echaban cuentas. Sabían qué días tocaba cada clínica, y sabían que en la primera se moría mucha más gente; las había que suplicaban de rodillas que no las ingresaran allí. No exageraban. En la Primera Clínica morían hasta tres veces más madres que en la Segunda, y casi siempre de lo mismo, la fiebre puerperal, una infección que se declaraba a los pocos días del parto con escalofríos, fiebre alta y un vientre que dolía solo con rozarlo. En los hospitales de aquella época, esa fiebre podía llevarse entre una de cada diez y una de cada tres parturientas, y en las salas se aceptaba como se acepta un invierno malo, algo que llega, se lleva a quien se lleva y se marcha.
En la clínica mala trabajaba un médico húngaro de veintiocho años, Ignaz Semmelweis, primer asistente, el que veía morir a esas mujeres más de cerca que nadie. Sus colegas lo achacaban a los miasmas, a un aire viciado que flotaba sobre la ciudad, o a una «influencia epidémica» que nadie sabía explicar. A él no le cuadraba. Si la culpa era del aire de Viena, el aire era el mismo para las dos clínicas, que estaban bajo el mismo techo. ¿Por qué en una se moría el triple?
Lo que no era
Así que empezó a descartar cosas. Con las matronas, las mujeres parían de lado, y él hizo que en su clínica también. Nada. El cura que llevaba la extremaunción cruzaba varias salas tocando una campanilla antes de llegar a la moribunda, y pensó que ese sonido, oído noche tras noche, quizá las estaba matando de miedo, así que le pidió que cambiara el camino y dejara la campanilla en paz. Tampoco.
La pista buena la tenía delante, y era la de aquellas mujeres de los portales. Llegaban al hospital con el niño ya en brazos, después de parir en la calle, en las peores condiciones que uno se pueda imaginar, y sin embargo enfermaban menos que las que daban a luz en una cama de la Primera Clínica. Algo ocurría dentro de esa sala que a ellas no llegaba a tocarlas. Semmelweis tardó meses en entender qué era, y lo entendió de la peor manera.
La muerte de Kolletschka y el cloro
En marzo de 1847 murió Jakob Kolletschka, profesor de medicina forense y amigo suyo. Durante una autopsia se hizo un corte en un dedo con el bisturí, un corte de nada. A los pocos días estaba muerto.

Semmelweis pidió el informe de la autopsia, y al leerlo se encontró con una lista que se sabía de memoria. Pus en los vasos. Las membranas del vientre, del pecho y del corazón inflamadas. Abscesos. Era lo mismo que llevaba meses encontrando cada vez que abría a una de las madres muertas de su clínica. Años después contó que aquella muerte no se le iba de la cabeza, ni de día ni de noche.
Si su amigo había muerto de lo mismo que las madres, y a su amigo lo había matado algo que venía de un cadáver, a ellas también. En la Primera Clínica había gente que hacía ese camino todas las mañanas, de los muertos a las parturientas, y eran los estudiantes. Empezaban el día en la sala de autopsias y lo seguían explorando a mujeres de parto, con las manos apenas enjuagadas. Las matronas no hacían autopsias. A las mujeres que llegaban de la calle, con el parto ya hecho, no hacía falta explorarlas.
No sabía qué era aquello. Lo llamaba «materia animal en descomposición», porque faltaban años para que alguien viera una bacteria y le pusiera nombre. Sabía, eso sí, que el agua y el jabón no bastaban, porque después de lavarse las manos seguían oliendo a muerto. En mayo colocó a la entrada de la sala una palangana con agua de cloro, que más tarde cambió por cal clorada porque salía más barata, y desde entonces nadie tocaba a una mujer sin frotarse antes las manos en ella. En pocos meses, la mortalidad de su clínica bajó de más del 10 % a alrededor del 2 %.
Once de doce
Parecía resuelto. Pero en octubre, en la ronda de la mañana, la primera cama la ocupaba una mujer con un cáncer de útero que supuraba. Los médicos se lavaron con cloro al entrar, como estaba mandado, y entre una paciente y la siguiente se lavaron solo con jabón. De las doce mujeres que estaban de parto en aquella sala, murieron once.
Fue su peor derrota y también la lección que le faltaba. Lo que mataba no salía solo de los muertos; podía salir de un tumor, de una herida, de cualquier cosa que se estuviera pudriendo dentro de un cuerpo vivo. A partir de ahí el lavado se hizo antes de cada exploración, mujer por mujer, sin excepciones.
Un jefe en contra y las cartas de 1861
Con esos números, cualquiera pensaría que lo sacaron a hombros. Apoyos tuvo, y de peso. El dermatólogo Hebra dio a conocer el hallazgo en la revista de la Sociedad de Médicos de Viena, y lo respaldaron dos de las figuras más grandes de la facultad, el clínico Skoda y el patólogo Rokitansky. Pero en la clínica mandaba el profesor Klein, y Klein nunca se lo creyó. En marzo de 1849 no le renovó el puesto, y Semmelweis tuvo que irse del sitio donde había salvado a cientos de mujeres.



Se suele contar que lo echaron por su mal carácter. Algo de eso hubo, y luego llegaremos, pero el historiador Kadar, en un análisis publicado en el American Journal of Obstetrics and Gynecology, sostiene que esa es la versión cómoda. Lo que de verdad pesó en su contra fue que su idea contradecía todas las explicaciones de la época, y que le pilló en mitad de una pelea política dentro de la Universidad de Viena, con sus valedores en un bando y su jefe en el otro, de manera que defender el lavado de manos acabó sonando, en los despachos, a tomar partido.
Y había algo más, que no se escribe en ningún acta. Creerle obligaba a aceptar que los médicos, con su bata y su autoridad, llevaban años trasladando la muerte en sus propias manos desde la sala de autopsias hasta la cama de una parturienta. Eso no se admite porque te enseñen una tabla de números.
Él, desde luego, no se lo puso fácil a nadie. Tardó catorce años en publicar su libro y, cuando por fin lo hizo, en 1861, lo acompañó de cartas abiertas a algunos de los tocólogos más conocidos de Europa. A uno de ellos, Scanzoni, le escribió que si seguía enseñando lo contrario lo declararía un asesino ante Dios y ante el mundo, y lo llamó el Nerón de la medicina. Razón tenía. Pero con cartas así les ponía en bandeja a sus enemigos lo que llevaban tiempo queriendo decir de él, que estaba loco.

Para entonces llevaba años trabajando en Pest, en el hospital de San Roque, donde había hecho lo mismo que en Viena. Allí la mortalidad de sus parturientas se quedó en torno al 1 %, cuando en las grandes maternidades de Viena y de Praga seguía muy por encima. Los números le daban la razón en dos ciudades distintas, y ni así bastó.

El lavado de manos, hoy
Antes de cada operación me lavo las manos y los antebrazos durante varios minutos con un antiséptico, la clorhexidina, con las manos siempre más altas que los codos para que el agua escurra hacia abajo y no vuelva a los dedos. Lo hago sin pensar, como quien se ata los zapatos. Hay días en que, a mitad del lavado, me acuerdo de este hombre, porque ese gesto que a mí no me cuesta nada a él le costó la carrera.

Y sé lo que pasa cuando falla. Si una bacteria llega a una prótesis que he cosido a una arteria, casi nunca basta con antibióticos; muchas veces hay que volver a abrir y sacarla entera, y hay pacientes que pierden la pierna, o la vida, por algo que nadie vio entrar en el quirófano.
De toda esta historia, lo que más me ronda es lo del olor. Eligió el cloro porque era lo único que le quitaba de las manos el olor a cadáver. No podía ver lo que mataba a sus pacientes, así que persiguió lo único que podía oler.
Lo incómodo es que, casi dos siglos después, los sanitarios seguimos sin lavarnos las manos todas las veces que deberíamos. Durante años, los estudios que lo midieron hablaban de un cumplimiento cercano al 40 %, y una revisión de 2021 en el Journal of Hospital Infection sitúa la mayoría de las cifras entre el 60 y el 70 %. Dicho de otra forma, en una de cada tres o cuatro ocasiones en que tocaría lavarse, la mano no se lava. La Organización Mundial de la Salud lo convirtió en su primer gran reto de seguridad del paciente, y no fue por capricho.
Lo veo en cualquier planta de cualquier hospital. El dispensador de alcohol en la puerta de cada habitación, y la mano que pasa por delante sin tocarlo porque va con prisa. Alguna vez ha sido la mía.
En 2020, con la pandemia, medio mundo aprendió otra vez a lavarse las manos como si fuera un descubrimiento, y era la receta de 1847. La fiebre de aquellas madres tampoco se ha ido, porque la infección grave después del parto sigue estando entre las grandes causas de muerte materna en el mundo.
El final en el manicomio
Semmelweis no vivió para ver que tenía razón. En el verano de 1865, con la cabeza ya muy deteriorada por motivos que todavía se discuten, lo ingresaron en un manicomio a las afueras de Viena. A las dos semanas estaba muerto. La autopsia encontró una infección que había empezado en un dedo de la mano derecha y se le había extendido por todo el cuerpo. Se ha contado muchas veces que los celadores le pegaron al ingresar y que la infección vino de esos golpes. Puede que fuera así, aunque hay historiadores que creen que la herida del dedo ya la traía de antes. Lo que no admite discusión es el final: murió de una infección, a los cuarenta y siete años, el hombre que había enseñado a evitarlas.
Unos quince años después, Pasteur y Koch demostraron que los microbios existían, y la medicina pudo por fin ponerle nombre a lo que él había combatido sin llegar a verlo. Aunque las primeras en saberlo no fueron los médicos. Fueron aquellas mujeres de Viena, sentadas en un portal, esperando a que pasara su día.
Fuentes
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- Kadar N, Romero R, Papp Z. Ignaz Semmelweis: the "Savior of Mothers". On the 200th anniversary of his birth. Am J Obstet Gynecol. 2018;219(6):519-22. doi:10.1016/j.ajog.2018.10.036
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- Semmelweis IP. The etiology, concept, and prophylaxis of childbed fever. Carter KC, traductor. Madison: University of Wisconsin Press; 1983.
- Science History Institute. Ignaz Semmelweis [Internet]. Filadelfia: Science History Institute; [sin fecha]. Disponible en: https://www.sciencehistory.org/education/scientific-biographies/ignaz-semmelweis/
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