El día que nació la anestesia
La operación salió mal
La primera operación con éter no salió como cuentan los libros: el paciente se movió y se fue a casa sin curar.
Publicado el 31 de octubre de 2026 · 13 min en vídeo y podcast · Por David García, cirujano vascular
Un muchacho está sentado en un sillón, en medio de un anfiteatro lleno de médicos, con un bulto en el cuello que tiene desde que nació. Hasta ese día, a la gente se la operaba despierta, gritando. Esta vez, un dentista le acerca a la boca un globo de cristal lleno de vapor. El muchacho respira, se le cierran los ojos, y el cirujano corta. Es la mañana que los libros celebran como el nacimiento de la anestesia.
Lo que no suelen contar es que el muchacho se movió en plena operación, que se fue a casa sin curar, y que en poco más de un año la anestesia ya había matado a una chica de quince años, en dos minutos, con un pañuelo sobre la cara. Cuatro días antes, el dentista que había estado a punto de llevarse la gloria había muerto en una celda, bajo el efecto del mismo producto. Dormir a alguien resultó ser lo fácil. Lo difícil, y lo que costó vidas, fue aprender a dormirlo sin matarlo.
Cuando se operaba despierto
Treinta y cinco años antes de aquella mañana, en París, a una escritora inglesa la operaron de un pecho en su propia casa, completamente despierta. Antes de empezar, uno de los cirujanos le extendió sobre la cara un pañuelo de batista, una tela muy fina. Era transparente. A través de él vio a siete hombres rodear la cama, y vio todo lo demás durante los cerca de veinte minutos que duró. Meses después se lo contó por carta a su hermana. Gritó, escribió, sin parar, durante todo el corte.
Así se operaba en todas partes. Había opio y alcohol, pero la dosis que dormía a alguien de verdad se parecía demasiado a la que lo mataba, de modo que lo único que tenía el cirujano contra el dolor era la velocidad; el más rápido de Londres amputaba una pierna en menos de medio minuto.
Lo más raro es que la solución llevaba casi medio siglo escrita. Un joven químico inglés había respirado gas de la risa una y otra vez, con una muela doliéndole, y había notado que el dolor se apagaba. Lo dejó por escrito, casi al final de un libro enorme, que aquel gas podría usarse en las operaciones. Nadie le hizo caso. El gas se quedó como diversión de feria, y el dolor siguió aceptándose como parte del oficio, igual que la sangre.


El dentista del que se rieron
Hasta que un dentista de Connecticut decidió tomárselo en serio. Se llamaba Horace Wells, y durante semanas sacó muelas a sus pacientes después de hacerles respirar ese mismo gas, sin que se quejaran. Convencido de que tenía algo grande entre las manos, viajó a Boston para enseñarlo en público, con una extracción delante de estudiantes y médicos.

El paciente se quejó. Por qué, nunca se ha aclarado del todo, y para el público daba igual. En aquella época un método nuevo se juzgaba como un espectáculo, y si el paciente gritaba delante de todos, el método no servía. Se rieron de él, lo llamaron farsante, y Wells volvió a casa sin haber convencido a nadie. Quien sí tomó nota fue su antiguo socio.
William Morton también era dentista, y había aprendido el oficio junto a Wells. En lugar del gas probó el éter, más fuerte, que entonces se respiraba en fiestas para reírse y tambalearse. Le sacó una muela a un paciente sin que se enterara de nada, y casi dos años después del fracaso de su socio consiguió lo que Wells nunca tuvo, una mañana delante del cirujano más respetado de Boston, que tenía un paciente esperando.

16 de octubre de 1846
Ese paciente era el muchacho del sillón, Edward Abbott. Llevaba tres semanas ingresado por lo que entonces se llamaba un tumor eréctil, y que hoy llamaríamos una malformación vascular, un ovillo de vasos mal formados bajo la mandíbula izquierda que tenía desde que nació. No era un cáncer, aunque operarlo era bastante más delicado de lo que parecía.
Era el dieciséis de octubre de mil ochocientos cuarenta y seis, y Morton llegó tarde. Estaba esperando a que el vidriero le terminara el aparato, un globo de cristal con esponjas empapadas dentro y una boquilla, que no había probado nunca con nadie. Cuando por fin entró en el anfiteatro, Abbott ya estaba sentado y el cirujano, esperando. Morton le acercó la boquilla y le hizo respirar el vapor durante cuatro o cinco minutos, hasta que pareció dormido.

El cirujano cortó. Abrió en el cuello una herida de unos ocho o diez centímetros, y debajo, en lugar de un bulto que se pudiera sacar entero, encontró una maraña de venas grandes y de arterias pequeñas. No intentó quitarla. Pasó por debajo una aguja curva con un hilo y ató la masa. Al poco, Abbott empezó a murmurar y a moverse en el sillón.
Lo que no dice la historia clínica
En casi todos los libros, en este punto, el cirujano se vuelve hacia los estudiantes y dice, caballeros, esto no es ninguna patraña. Es la frase más famosa de la historia de la anestesia, y apareció impresa por primera vez trece años después, en un libro escrito para defender a Morton. Puede que la dijera. Tres de los que estaban la recordaron medio siglo después; en su momento, nadie la escribió.
Lo que sí escribió alguien aquella mañana fue la historia clínica de Abbott, y no dice ni una palabra del éter. Cuenta que el cirujano encontró una maraña de vasos, que la ató y que sangró poco; la nota sobre el vapor se pegó en la página más tarde. Abbott contó al despertar que había notado algo, como si le rascaran la piel con una azada, y semanas después se fue a casa con el bulto del mismo tamaño que tenía al entrar.
Aun así, aquello funcionaba. En las semanas siguientes, los cirujanos de aquel hospital le quitaron a una mujer un bulto del brazo sin que se enterara, y le amputaron una pierna a una muchacha que al despertar no sabía si ya se la habían quitado. La noticia cruzó el Atlántico en un barco de vapor, y antes de Navidad un cirujano de Londres amputaba un muslo con un paciente dormido.
A Morton, sin embargo, no le bastaba con haberlo conseguido. Había teñido y perfumado el éter para que nadie lo reconociera, lo patentó, y le puso un nombre comercial para venderlo. Para los médicos de la época eso lo colocaba del lado de los charlatanes, los que guardan el secreto en lugar de publicarlo. Pasó el resto de su vida peleando para que le reconocieran el mérito, y murió sin conseguirlo del todo. A su antiguo socio le fue bastante peor.
La caída de Wells
Mientras Boston celebraba el éter, Wells no había dejado de buscar. Se había ido a Nueva York y se dedicó a probar en sí mismo una sustancia todavía más nueva, que llegaba de Escocia y dormía más deprisa que el éter, el cloroformo. La probó tantas veces que acabó sin poder dejarla. A finales de enero de mil ochocientos cuarenta y ocho, con la cabeza perdida por el cloroformo, arrojó ácido a dos mujeres en plena calle, y lo encerraron en la cárcel de la ciudad. En su celda, bajo el efecto del cloroformo, se quitó la vida. Acababa de cumplir treinta y tres años.
Dos minutos: Hannah Greener
Cuatro días después, al otro lado del océano, en Winlaton, un pueblo cerca de Newcastle, en el norte de Inglaterra, una chica de quince años llamada Hannah Greener tenía que dejar que le quitaran una uña del dedo gordo del pie. No era la primera vez. Unos meses antes le habían quitado otra con éter, sin ningún problema. Esta vez el médico del pueblo usó el cloroformo nuevo. Echó una cucharadita en un pañuelo y se lo puso sobre la cara.
A los treinta segundos parecía insensible. El médico hizo un corte en forma de media luna alrededor de la uña, y al terminarlo la chica dio una sacudida, se quedó blanca de golpe y empezó a borbotear por la boca. Le echaron agua fría, le dieron brandy, le abrieron una vena del brazo y otra del cuello para sangrarla, y no salió sangre. El médico calculó después que todo, la inhalación, la operación, la sangría y la muerte, no había ocupado más de dos minutos.
Entonces se culpó a los pulmones, o al brandy que le habían dado. Hoy lo más probable es que fuera el corazón: el cloroformo puede volverlo tan sensible que una descarga cualquiera lo lanza a un ritmo caótico, una fibrilación, y deja de bombear. En cuatro días de enero, la sustancia que acababa de sustituir al éter estaba en la muerte del dentista que casi se adelanta a Boston y había matado a una chica a la que solo iban a quitar una uña. Habían pasado quince meses desde la mañana de Boston. Hubo alguien, en aquel mismo invierno, que se tomó esa muerte muy en serio.
John Snow y la reina
En Londres, un médico leyó lo de Hannah y no se quedó en la lamentación. Se llamaba John Snow, y hoy se le recuerda sobre todo por el cólera, y desde que llegó el éter se había obsesionado con una pregunta que casi nadie se hacía, cuánto: cuánto vapor entraba en los pulmones de un paciente, cuánto hacía falta para dormirlo y cuánto bastaba para matarlo. Diseñó aparatos para controlarlo, y fue reuniendo cada muerte por cloroformo de la que tenía noticia, para entender qué había fallado en cada una. Llegó a juntar cincuenta. La primera en el tiempo es la de Hannah.

Cada caso le enseñaba lo mismo. No era que el cloroformo fuera un veneno y el éter no; las cifras de la época, imprecisas como eran, apuntan a que con el cloroformo morían varias veces más pacientes. Era que nadie medía. Una cucharadita en un pañuelo podía ser poco para una persona y demasiado para otra, y el que la echaba no tenía forma de saberlo hasta que era tarde.

Cinco años después de la muerte de Hannah, a Snow lo llamaron para un parto muy especial. La que daba a luz era la reina Victoria, de su octavo hijo. Snow le dio cloroformo durante cincuenta y tres minutos, en un pañuelo, igual que en Winlaton, solo que él lo iba echando gota a gota, contando, y mirándola. Según dejó escrito, la reina dijo sentirse muy aliviada.

Se suele decir que con aquella reina la anestesia en los partos quedó aceptada de golpe, y quienes lo han estudiado creen que ese efecto se ha exagerado. Lo que demostró aquel día es más modesto, y a la larga más importante. El mismo pañuelo con la misma sustancia había matado en dos minutos a una chica de quince años y había aliviado durante casi una hora a una mujer de parto. Lo que separaba un resultado del otro era alguien contando gotas.
La malformación de Abbott, hoy
Cuando leí la historia clínica de Abbott me quedé en el bulto mismo, en el que los libros de historia casi nunca se paran, porque aquel bulto bajo la mandíbula es la clase de malformación que me llega a la consulta. Hoy, antes de tocarla, la estudiamos con una ecografía que deja ver por dónde corre la sangre, y casi nunca se empieza por el bisturí; se cierra desde dentro, con sustancias que se inyectan en ella o a través de un catéter. Atarla por fuera no suele curarla, porque esos ovillos de vasos se vuelven a llenar por otros caminos, y casi con seguridad es lo que le pasó a Abbott.
Por eso aquella línea de la historia clínica, la de que sangró poco, la leo con otros ojos. Abrir una malformación vascular sin saber lo que hay debajo es de las cosas que más respeto me dan en un quirófano, porque lo que parece un ovillo tranquilo puede sangrar mucho y muy deprisa. Aquel cirujano tenía sesenta y ocho años, ninguna imagen de lo que iba a encontrar y un paciente que empezaba a moverse. Tuvo suerte, y Abbott también. Lo que hoy evita depender de esa suerte se sienta al otro lado de la sábana.
Hoy un bypass en una pierna o una aorta abierta pueden durar algunas horas, y lo que hace posible ese tiempo no es la rapidez de nadie, sino un anestesista que durante toda la operación hace lo mismo que hacía Snow con la reina, medir y vigilar la respiración, la tensión y el dolor. Además, ya no hay una sola manera de quitar el dolor. Antes de entrar, el anestesista decide con el cirujano y con el paciente si hace falta dormirlo del todo, si basta una epidural que lo deja sin dolor de cintura para abajo mientras sigue despierto, o si es suficiente con anestesia local, como cuando la arteria se trata por dentro, desde un pinchazo y sin abrir, lo que llamamos cirugía endovascular.
Hay operaciones en las que lo queremos despierto a propósito. Muchas carótidas se operan con anestesia local en el cuello, y mientras dura la operación el paciente habla o aprieta la mano de una enfermera con la mano del otro lado. Si de repente deja de hacerlo, sabemos que a su cerebro le falta sangre antes de que lo diga ningún aparato. Es cirugía despierta, como la de aquella escritora en París, salvo que el paciente no siente el corte y lo ha elegido él.
De 357 a 34 muertes por millón
Lo que cambió entre el pañuelo de Winlaton y un quirófano de hoy tiene una cifra. Una revisión que reunió más de veintiún millones de anestesias calculó que antes de los años setenta la propia anestesia causaba unas trescientas cincuenta y siete muertes por cada millón, y que a finales de siglo había bajado a unas treinta y cuatro, con pacientes cada vez más mayores y más enfermos. Es una caída de los países que llevan ese registro; donde hay menos recursos, ha sido mucho menor.
Hoy el miedo de quien va a operarse ya casi nunca es que le duela. Es no despertar, o despertar en mitad de la operación, algo que existe y es raro, uno o dos casos de cada mil cuando se pregunta a los pacientes uno a uno. Para eso hay alguien a su lado durante toda la operación, vigilando.
La mañana de Boston existió, con su paciente que murmuraba y su bulto que no se curó, y fue un principio. Lo que volvió segura la anestesia llegó después y costó más de lo que dice cualquier placa: una chica de quince años muerta en dos minutos, un dentista muerto en una celda, y un médico de Londres que se sentó a apuntar cincuenta muertes para entender la siguiente antes de que ocurriera.
El nombre de Edward Abbott está en todos los libros de historia de la medicina, por un bulto que no se curó. El de Hannah Greener casi no aparece. Y la anestesia que nos dormirá a cualquiera de nosotros mañana se parece mucho más a lo que se aprendió de su muerte que a lo que se celebró aquella mañana en Boston.
Snow fue de los primeros en tratar un anestésico como una dosis que hay que medir, y unos ochenta años después la misma pregunta, cuánto es demasiado, se le hizo a la radiactividad. El primer límite a lo que una persona puede llevar dentro se calculó con un puñado de antiguas pintoras de esferas de reloj: es la historia de las Radium Girls.
Fuentes
Bibliografía del episodio 4 de Medicina Oscura, «El día que nació la anestesia, la operación salió mal». Formato Vancouver.
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